Sueño en el pabellón rojo

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A Xifeng no le quedó más remedio que hacer lo que le exigían, y a continuación todas las muchachas fueron entregándole sus copas. Ella bebió un sorbo de cada una hasta que la madre de Lai Da, al ver a la Anciana Dama de tan buen humor, decidió sumarse a la diversión y trajo consigo a algunas viejas criadas para que también brindaran con Xifeng, que tampoco esta vez pudo negarse. Cuando Yuanyang y las doncellas jóvenes llegaron para beber a su salud, Xifeng ya no podía más.

—Dejadme marchar, buenas hermanas —suplicó—. Brindaré con vosotras otro día.

—¿De modo que, a sus ojos, no tenemos ningún valor? —protestó Yuanyang—. ¡Pero si hasta la dama Wang nos honra bebiendo en nuestra compañía! Generalmente es usted más considerada con nosotras, pero ahora, delante de tanta gente, está dándose aires de señora. La culpa es mía por venir. Si no bebe con nosotras, nos marcharemos.

Y se dispuso a partir dándole la espalda a Xifeng, quien la retuvo inmediatamente entre risas:

—De acuerdo, hermanita, beberé.

Y alzando la jarra de vino llenó su copa hasta el borde y bebió su contenido de un trago. Entonces Yuanyang se retiró con una sonrisa.


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