Sueño en el pabellón rojo

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Cuando se sentó de nuevo, Xifeng sintió de golpe los efectos del vino. El corazón le latía tan fuertemente que decidió retirarse a descansar a sus aposentos. Como en ese preciso momento entraban los malabaristas, pidió a la señora You que dispusiera el dinero de las gratificaciones mientras ella iba a echarse agua en la cara.

La señora You accedió y, en vista de que nadie se lo impedía, Xifeng pudo por fin dejar la mesa y escabullirse por la puerta trasera. La atenta Pinger partió inmediatamente tras ella y le cogió el brazo prestándole su apoyo. Ya se acercaban al paseo cubierto cuando divisaron a una de sus jóvenes doncellas, quien, al verlas llegar, giró sobre sus talones y echó a correr. Aquello levantó las sospechas de Xifeng, que le ordenó detenerse. En un primer momento la muchacha pretendió no haber oído la llamada, pero cuando a la voz de Xifeng se sumó la de Pinger no le quedó más remedio que volver sobre sus pasos.

Xifeng entró con Pinger en el salón de recepción y ordenó a la doncella que las acompañara y cerrara los batientes de la puerta. Se sentó sobre las escaleras que conducían al patio pequeño y obligó a la muchacha a arrodillarse ante ella.

—Trae a dos pajes de la puerta interior, y que vengan con cuerdas y látigos —ordenó ásperamente a Pinger—. A esta perrilla descarada le vamos a dar una buena paliza.


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