Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Aterrada, la muchacha se echó a llorar mientras se golpeaba la cabeza contra el suelo suplicando clemencia.

—No soy un fantasma —le dijo Xifeng—. ¿Por qué no reaccionas al verme? ¿Por qué huyes?

—No la vi, señora —sollozó la doncella—. Eché a correr cuando recordé que no había nadie en nuestros aposentos.

—Y si no había nadie, ¿por qué viniste aquí? Dices que no me has visto; sin embargo, te hemos llamado a gritos una docena de veces, pero eso sólo te hizo correr más rápido. No estábamos lejos de ti y tú tampoco eres sorda. ¿Todavía te obstinas en excusarte?

Y, con esas palabras, le dio una bofetada con tal violencia que la muchacha se tambaleó; luego le abofeteó la otra mejilla. La cara amoratada de la doncella empezó a hincharse.

—Cuidado, señora, no vaya a hacerse daño.

—Entonces pégale tú en mi lugar. Que te diga por qué huyó al vernos. ¡Y si no lo hace, arráncale los labios!

Pero la doncella siguió proclamando su inocencia. Xifeng la amenazó con marcarle la boca con un hierro candente y ella, entre lágrimas, acabó confesando:

—El señor está en la casa. Me envió aquí con el encargo de que le avisara en cuanto la viera acercarse. No pensaba que usted regresaría tan pronto.


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