Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Xifeng intuyó que detrás de esas palabras había gato encerrado.

—¿Y por qué te hizo ese encargo? —le preguntó amoscada—. ¿Por qué razón habría de temer el señor mi regreso? Debe haber un motivo. Si me lo dices ahora me portaré bien contigo; pero si no hablas inmediatamente buscaré un cuchillo y te cortaré la piel a tiras.

Y mientras hablaba sacó un alfiler de los que llevaba en el pelo y dio un feroz pinchazo en la boca a la doncella.

Encogiéndose de miedo y de dolor, la muchacha sollozó:

—Se lo diré, señora. Pero, por favor, que el señor no se entere.

Pinger intentó tranquilizar a Xifeng presionando a la muchacha para que contara de una vez su historia.

—Hace un rato que el señor regresó y se echó a dormir la siesta —empezó—. Al despertar mandó a alguien a que viera qué estaba haciendo usted. Esa persona le dijo que ya había empezado la fiesta y que tardaría un buen rato en regresar. Entonces el señor abrió un estuche y sacó dos piezas de plata, dos peinetas y dos rollos de satén, me pidió que los llevara en secreto a la esposa de Bao Er, y le dijera que viniera aquí. Ella tomó las cosas y vino; entonces el señor me ordenó que vigilara su regreso, señora. Y no sé más.


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