Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¿Y si se muere, qué? Me casarÃa con otra que resultarÃa igualmente mala.
—Cuando ella muera puede casarse con Pinger. SerÃa una esposa más dócil.
—En los últimos tiempos no me deja tocar ni a Pinger —se lamentó Jia Lian—. La misma Pinger lo lamenta, pero no se atreve a quejarse. ¡Qué destino el mÃo, tener como mujer a un gato montés!
Xifeng temblaba de ira, y los elogios a Pinger la terminaron de convencer de que también ella se habÃa quejado a sus espaldas. A esas alturas el vino ya se le habÃa subido a la cabeza y, sin detenerse a pensarlo dos veces, se volvió y le dio una bofetada a la doncella. A continuación, de un puntapié, abrió la puerta e irrumpió en el cuarto. Sin decir una palabra se abalanzó sobre la mujer de Bao Er y la molió a golpes; luego, colocándose ante el umbral, cortó la retirada a Jia Lian.
—¡Puta asquerosa! —maldijo Xifeng dirigiéndose a la esposa de Bao Er—. No contenta con robar el marido a tu señora, planeas su asesinato. ¡Y tú, Pinger, ven aquÃ! Sois una puta y un cabrón que os aliáis contra mà a la vez que públicamente simuláis pretender complacerme.
Dicho lo cual propinó un nuevo golpe a Pinger. Al no tener ante quién quejarse de aquella injusticia, Pinger reprimió sus lágrimas y, casi ahogada por la rabia, exclamó: