Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Enfurecida, la dama Wang le arrancó la espada de la mano y le ordenó salir del cuarto, pero él no dejó de proferir maldiciones y de rabiar.
—Ya veo que no nos tienes el menor respeto —intervino la Anciana Dama dirigiéndose a Jia Lian—. Que llamen a su padre, a ver si asà se va.
Entonces Jia Lian se tranquilizó. Demasiado furioso para regresar a su casa, prefirió dirigirse a su estudio exterior.
Entretanto, las damas Xing y Wang se dedicaron a reconvenir a Xifeng.
—No lo tomes tan en serio —le dijo, por su parte, la Anciana Dama con una sonrisa—. Sólo es un muchacho, y todos ellos son como gatos ávidos. Es algo inevitable, A todos los jóvenes, al salir de la infancia, les pasa igual. La culpa es mÃa, por haberte hecho beber tanto; el vino se te ha avinagrado en el cuerpo.
Su comentario dio paso a una carcajada general.
—No te preocupes —continuó la anciana—. Mañana haré que venga para pedirte disculpas, pero no vuelvas hoy o se avergonzará. En cuanto a esa miserable Pinger, yo pensé que era una buena muchacha, ¿cómo ha podido ser tan taimada?