Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Asà está mejor —sonrió él—. Francamente, no sé qué hacer contigo.
En ese momento entró una criada a informar de que la esposa de Bao Er se habÃa ahorcado, noticia que alcanzó como un rayo a los dos esposos. Después de la conmoción inicial, Xifeng, recomponiendo el gesto, dijo:
—Si está muerta, muerta está. ¿A qué viene tanto escándalo?
Pero entonces entró la esposa de Lin Zhixiao y le susurró al oÃdo:
—Señora, la esposa de Bao Er se ha ahorcado, y su familia amenaza con demandarla a usted ante los tribunales.
—Bien está —dijo Xifeng con una risita desdeñosa—. Hace tiempo que esperaba una oportunidad para acudir a los tribunales.
—Todos hemos intentado convencerlos o intimidarlos para que desistan —añadió la señora Lin—. Están dispuestos a olvidar el asunto a cambio de unas cuantas sartas de monedas.
—No tengo ni una pieza de cobre, y aunque la tuviera no se la darÃa. Que me lleven ante los tribunales. No tratéis de convencerlos o de asustarlos. Que sigan adelante. Pero como pierdan, seré yo quien los acuse de chantaje.
La señora Lin estaba perpleja, sin saber qué hacer, hasta que captó un gesto de Jia Lian y, sin duda atinadamente, se retiró a esperar fuera.