Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Toda la culpa es de ese trepador de Jia Yucun. ¡Ese cabrón merece morir de hambre! —despotricó Pinger rechinando los dientes—. En menos de diez años, el tiempo que lo conocemos, no ha dejado de crear problemas. Resulta que esta primavera el señor She vio en algún lugar un par de abanicos. Le parecieron tan hermosos que dejaron de gustarle los mejores abanicos de la casa, e inmediatamente despachó gente para que consiguiera algunos mejores. Un maldito loco al que apodan el Idiota de Piedra tenía una veintena de abanicos, pero a pesar de ser más pobre que las ratas prefería morir antes que separarse de ellos. El señor Lian tuvo que recurrir a muchas influencias para poder entrevistarse con él. Entonces, después de mucha insistencia, el Idiota lo invitó a su casa y le permitió echar un vistazo a unos cuantos abanicos. Según el señor Lian, eran realmente piezas memorables, hechas con todos los tipos de bambú exótico. Y la caligrafía y la pintura que lucían eran de genuinos maestros de la antigüedad. Cuando volvió e informó de aquello, el señor She decidió comprarlos a cualquier precio, pero el Idiota de Piedra juró: «Antes morir de frío y de hambre que venderlos, aunque me ofreciera mil taeles por cada uno». El señor She la emprendió con su hijo, tratándolo de incapaz y de inútil. Él mismo ofreció al Idiota de Piedra quinientos taeles por adelantado, pero el otro se negó. «Antes morir que desprenderme de mis abanicos», insistía. ¿Y qué podía hacer entonces, señorita? Pues bien, resultó que el malévolo Yucun se enteró de todo esto y urdió una estratagema. Hizo que llevaran al Idiota a su prefectura, acusado de deberle un dinero al gobierno, y ordenó que fuera cargado de grilletes y la deuda saldada con la venta de sus propiedades. Entonces los abanicos fueron incautados, pagados al precio oficial y traídos a nuestra casa. En cuanto al Idiota de Piedra, quién sabe si seguirá vivo. Una vez que tuvo los abanicos en su poder, el señor She preguntó al señor Lian: «¿Cómo él tuvo éxito allí donde tú fracasaste?». El señor Lian simplemente respondió: «No hay motivo de jactancia en arruinar a una familia por motivo tan trivial». Entonces su padre montó en cólera y lo acusó de intentar ponerlo en evidencia. Ése fue el principal motivo de la paliza. Pero hubo un par de razones más, tan insignificantes que no puedo recordarlas. El caso es que la suma de todas las razones le ganaron una paliza a nuestro joven señor. En lugar de ser sujetado y azotado con un palo o una vara, fue apaleado allí mismo, no se sabe bien con qué, y la cara se le ha quedado cortada por dos sitios. Tenemos entendido que la tía Xue tiene un remedio para ese tipo de heridas. ¿Podría darme una píldora de ese remedio, señorita?


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