Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Xiangling se llevó el libro al parque de las Alpinias y, olvidando todo lo demás, leyó poema tras poema a la luz de una lámpara sin hacer caso de Baochai, que la llamaba repetidamente a dormir. Al ver con qué insistencia leía, Baochai la dejó finalmente tranquila.

Cierta mañana, cuando Daiyu había acabado su aseo, entró en el cuarto la radiante Xiangling a devolver los poemas de Wang Wei y pedir los Versos regulados de Du Fu.

—¿Cuántos poemas has memorizado? —preguntó Daiyu.

—Todos los que están marcados con un círculo rojo.

—¿Los aprecias mejor ahora?

—Creo que sí, pero no estoy segura. Me gustaría conocer su opinión.

—Adelante. Sólo podremos avanzar si discutimos las cosas.

—Según yo lo veo, la belleza de la poesía reside en algo imposible de expresar con palabras, pero que se hace muy vivido cuando lo pensamos. Parece ilógico, ciertamente, pero bien pensado no carece de sentido.

—Veo que ya entiendes algo. ¿Y en qué te basas para decir eso?

—Tomé un pareado del poema «Sobre las tierras fronterizas del Norte»; ese que dice:

Solitaria sobre el inmenso desierto, una enhiesta humareda se eleva.


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