Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —No se burle de mÃ, señorita —exclamó Xiangling—. Sólo porque la admiro, y por diversión, estoy aprendiendo esto.
—Pero si todos lo hacemos por divertirnos —le respondieron Tanchun y Daiyu—. Tampoco nosotros escribimos en serio. Si realmente nos diéramos aire de poetas, la gente de afuera se reirÃa de nosotros hasta desternillarse.
—No seas tan modesta y humilde —dijo Baoyu—. El otro dÃa estábamos discutiendo acerca de nuestro cuadro con los secretarios y cuando se enteraron de que habÃamos fundado una academia de poesÃa me suplicaron que les mostrara algunos de nuestros poemas. Escribà unos cuantos y quedaron tan auténticamente impresionados que los copiaron para imprimirlos.
—¿Es cierto? —preguntaron a coro Daiyu y Tanchun.
—El único que miente aquà es ese loro de la percha.
—¡Eres el colmo! —exclamaron—. En primer lugar, no son verdaderos poemas; y aunque lo fueran, no tienes por qué hacer circular nuestros poemas afuera.
—Pero ¿qué importa? —alegó él—. Nunca hubiéramos conocido los poemas de las damas de antaño si no hubieran sido impresos.
En ese momento llegó Ruhua, la doncella de Xichun, y pidió a Baoyu que fuera a visitar a su señorita. El muchacho salió.