Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Xiangling, que se había esmerado mucho en ese poema, se desanimó de nuevo con los comentarios, pero se negó a darse por vencida y volvió a devanarse los sesos. Dejó a los demás charlando y fue hasta el bosquecillo de bambú que había delante de la escalinata. Allí se concentró, sorda y ciega a todo lo que la rodeaba.

En ese instante la llamó Daiyu por la ventana:

—¡Descansa un poco, Xiangling! —le dijo.

—«Descanso» pertenece al decimoquinto grupo de rimas. Se ha equivocado de rima —repuso ella distraídamente.

Todos se echaron a reír.

—¡Realmente se ha convertido en una poeta maldita! —dijo Baochai—. Toda la culpa la tiene Daiyu por haberla alentado.

—«En la enseñanza a los demás, infatigable»[13], dice el sabio —replicó Daiyu—. Puesto que me consultó, le dije todo lo que sabía.

—Llevémosla a ver a Xichun —propuso Li Wan—. Quizás ver el cuadro le despeje la cabeza.


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