Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Y, dicho y hecho, se llevaron a Xiangling a rastras más allá del pabellón de la Fragancia del Loto, hasta la glorieta del Tibio Aroma, donde Xichun estaba durmiendo la siesta, tendida sobre un diván. El cuadro estaba fijado contra una pared, cubierto con un trozo de gasa. Despertaron a Xichun y retiraron la gasa. Al cuadro le faltaban todavía dos tercios para estar terminado. Allí vio Xiangling algunas bellas muchachas. Señalando a dos de ellas comentó con una sonrisa:
—Ésa es nuestra joven señora y aquélla es la señorita Lin.
Tanchun se echó a reír.
—Si han de aparecer aquí todos los que pueden componer poemas, mejor será que te des prisa en aprender —le dijo.
Hicieron unas cuantas bromas más y el grupo se dispersó.
Pero la mente de Xiangling seguía absorta en la poesía. Aquella noche se sentó frente a la lámpara, perdida en sus cavilaciones, y sólo pasada la medianoche se metió en la cama. Allí se quedó, con los ojos abiertos. Sólo un poco antes del alba consiguió cerrarlos. Cuando apareció la luz y Baochai despertó, la encontró profundamente dormida.
«Ha estado toda la noche dando vueltas en la cama —pensó Baochai—. ¿Habrá terminado ya su poema? Debe estar agotada. Será mejor que no la despierte.»