Sueño en el pabellón rojo

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—¡Pues no se puede decir que esa pequeña urraca no haya visto hasta ahora hermosas joyas! —exclamó Sheyue—. ¿Por qué razón tuvo que robarlo?

—Ese brazalete no tenía mucho oro, aunque la perla era de buen tamaño —comentó Pinger—. Me lo regaló la señora Lian. Ella lo llamaba «el brazalete de antenas de camarón». No se lo he dicho a Qingwen, porque tiene el genio de una brasa encendida. Es capaz de encolerizarse y empezar a golpear e insultar a la muchacha, y así la historia acabaría en boca de todo el mundo. Por eso te pido que te mantengas alerta.

Dicho lo cual se marchó.

Baoyu había oído todo aquello con sentimientos encontrados: por una parte la consideración de Pinger le llenaba de alegría; por otra, el hecho de que un robo tan indigno hubiera sido cometido por una muchacha como Zhuier, de tan viva inteligencia, lo ponía furioso. Corrió enseguida a contarle a Qingwen todo lo que había oído, y terminó diciendo:

—Ella dijo que tú eres muy exigente y no quería que te enterases antes de que te hubieras recuperado algo más, pues una noticia así puede agravar tu estado.

Qingwen, en efecto, había ido alzando las cejas a medida que escuchaba el relato de Baoyu, y los ojos se le redondearon de indignación. Quiso que Zhuier compareciera ante ella en ese mismo instante, pero Baoyu le advirtió:


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