Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡Pero si son iguales que Yuanyang, Xiren y Pinger!
—¿Cómo ha llegado hasta aquà el señor Baoyu? —se preguntaron las muchachas.
Suponiendo que hablaban de él, dijo con la mejor de sus sonrisas:
—Llegué hasta aquà paseando sin rumbo, aunque no sé a qué amigos de mi familia pertenece este jardÃn. ¿Podéis mostrármelo, hermanas?
—¡Pero si no es Baoyu! —exclamaron las muchachas—. Sin embargo, no es mal parecido y habla con suavidad.
—¿Es que hay aquà otro Baoyu, hermanas? —preguntó.
—Si nosotras llamamos por su nombre a nuestro señor es por indicación expresa de la Anciana Dama y de su madre, con el fin de que viva más tiempo y libre de peligro —dijeron ellas—. Le gusta que lo llamemos por su nombre. Pero ¿cómo tú, maloliente advenedizo llegado de quién sabe dónde, te atreves a utilizar su nombre? ¡Mejor será que te andes con cuidado o te apalearemos hasta convertirte en pulpa, sucio patán!
—Vámonos antes de que lo vea Baoyu —dijo otra.
—SÃ, pensarÃa que haber hablado con este pidientero apestoso nos ha contagiado la pestilencia.
Y se marcharon.