Sueño en el pabellón rojo

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Y, dicho y hecho, olvidándose del polvo que debían recoger, Yinger levantó los brazos y, sacudiendo la hermosa fronda dorada, cogió una brazada de ramas de sauce tiernas que hizo cargar a Ruiguan. Siguieron caminando mientras ella tejía una cesta, y por el camino se detenían de cuando en cuando a cortar flores. Pronto estuvo lista la delicada cestita que, con su asa semicircular, cubierta de hojas frescas y repleta de flores, era en efecto un juguete original y encantador. Maravillada, la pequeña actriz exclamó:

—¡Oh, buena hermana, regálamela!

—No, es para la señorita Lin. Al regresar cogeremos más para hacer cestas con las que podamos jugar todas nosotras.

Hablando y hablando, llegaron al refugio de Bambú. Daiyu estaba ocupada con su aseo matinal. Al ver la cesta exclamó complacida:

—¡Qué cesta de flores tan bonita! ¿Quién la ha hecho?

—Yo misma —dijo Yinger—. Es un regalo para usted, señorita. Pensé que le gustaría.

—Con razón dicen que tienes dedos hábiles —dijo Daiyu tomando el obsequio—. Es realmente original.

Después de examinarla hizo que Zijuan la colgara en un lugar de su cuarto que ella misma le señaló.


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