Sueño en el pabellón rojo

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—Tal vez otras no estén autorizadas para coger lo que quieran, pero ése no es mi caso —replicó Yinger—. Con el jardín dividido en huertos, las amas encargadas de estos lugares están obligadas a enviar una cantidad diaria de hierbas y flores para los floreros de las jóvenes damas y sus doncellas, además de las cantidades acordadas de productos comestibles. Mi joven dama fue la única que no quiso recibir ninguna, y dijo que ya pediría conforme las fuera necesitando; pero nunca lo ha hecho. ¿Por qué van a recriminarme haber cogido ahora unas cuantas flores?

Y por cierto que mientras estaba hablando llegó la tía de Chunyan apoyada en su bastón. Inmediatamente Yinger y Chunyan le pidieron que tomara asiento. Ver todas las ramas de sauce y las flores que habían cogido Ouguan y las demás irritó mucho a la mujer, pero como no quería decir nada contra Yinger, que estaba haciendo una cesta, desahogó su malhumor con su sobrina.

—Te pedí que vigilaras, pero está visto que eso es para ti una simple oportunidad para jugar y no volver a los aposentos de tu señora. Cuando te reclaman allá, dices que has estado trabajando para mí. Estás utilizándome como talismán para hacerte invisible, ¿no?

—Es usted quien me llama a su servicio, pero a la vez teme que se sepa —replicó la muchacha—. Y ahora quiere desahogarse conmigo. ¿Qué hará? ¿Me cortará en trocitos?


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