Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—No la crea, tía —se rió Yinger—. Fue ella la que cogió todas estas ramas de sauce y me pidió que le hiciera una cesta. Traté de ahuyentarla, pero no quiso irse.

—¡No digas tonterías! —exclamó Chunyan—. Mi tía no tiene ningún sentido del humor, y creerá lo que estás diciendo.

En efecto, su tía era por naturaleza una de esas mujeres estúpidas a quienes los años acaban embotándole la escasa inteligencia, y cuyo único interés es el dinero: carecía de la menor consideración hacia los demás. Con el corazón y el hígado lacerados por haber tenido que reprimir su furia, no había sabido cómo cobrar su venganza hasta que Yinger hizo aquella broma. Amparada en sus años, levantó el bastón y golpeó repetidamente a su sobrina mientras maldecía:

—¡Perra! ¡Yo te enseñaré a responderme de esa manera! Incluso a tu madre la haces vivir con los dientes apretados; se muere de ganas por destrozarte y masticar tu carne cortada en trocitos. ¡Y encima maltratas mis oídos como si golpearas una tabla!

Dolorida y humillada, Chunyan sollozó:

—La hermana Yinger sólo estaba bromeando, pero usted cree lo que dice y me muele a bastonazos. ¿Por qué habría de estar molesta mí madre? Nunca he dejado que hirviera el agua de su aseo ni quemado su sartén. ¿Qué delito he cometido?


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