Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Yinger trató de explicar lo sucedido, pero ¿cómo iba a permitir la tía de Chunyan que abriera la boca? Señalando las ramas de sauce y flores esparcidas sobre la roca, dijo rabiosa:

—¡Mira a lo que se dedica tu hija! Si ella es la primera que se convierte en una ratera, ¿cómo voy a amonestar a la gente que viene a destruir este lugar?

La gresca de la madre He con Fangguan aún no se había apaciguado, y la mala crianza de Chunyan la enfureció todavía más. Cómo, por sí faltaba algo, su cuñada le calentaba la sangre, se precipitó sobre la niña y le dio dos sonoras bofetadas junto con una cascada de insultos:

—¡Pequeña puta! Unos cuantos años en la alta sociedad y ya imitas los modales de esas mujercitas livianas y desvergonzadas. Voy a darte una lección. Tal vez no pueda castigar a mi hija adoptiva, pero a ti tengo el derecho de matarte. ¿O no has salido al mundo por mi coño? Aunque haya sitios en este lugar donde las perras podáis entrar y yo no, ¿por qué no te quedas allí, atendiendo a tu señora, en vez de dar estos desvergonzados paseos por afuera?

Y tomando un manojo de ramas de sauce lo blandió en las narices de Chunyan, diciendo:

—¿Y qué quieres hacer con esto? ¿El coño de tu madre?


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