Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Pero Chunyan siguió caminando. Su madre, desesperada, echó a correr tras ella para hacerla volver a la fuerza. Cuando la muchacha volvió la cabeza y la vio corriendo detrás, echó también a correr. La madre He, que no pensaba en otra cosa que en darle alcance, acabó resbalando sobre el musgo húmedo y cayó de bruces, para regocijo de las tres espectadoras que contemplaban la persecución encaramadas en la roca. Entonces Yinger, disgustada, arrojó al arroyo las flores y las ramas de sauce con un gesto de rabia, y volvió a los aposentos de su señora dejando atrás a la tía de Chunyan invocando contrariada, entre sonoras imprecaciones, el nombre de Buda.
—¡Que un rayo parta por la mitad a esa perra maligna! ¡Venir aquí a cortar mis flores!
Pero dejémosla rezongando y cortando ella misma flores para llevar a los distintos aposentos, obligada por las normas de la casa, y volvamos con Chunyan, que en ese momento entró corriendo en el patio Rojo y Alegre, donde fue a toparse con Xiren, que salía a visitar a Daiyu. Asiéndose a ella, le suplicó:
—¡Socórrame, señorita! Mi madre me quiere pegar otra vez.
Xiren, que vio acercarse a la madre He, dijo profundamente irritada:
—Un día le pega a su hijastra, y al siguiente a su propia hija. ¿Acaso quiere mostrarnos cuantas hijas tiene? ¿O es que finge ignorar la existencia de leyes en esta casa?