Sueño en el pabellón rojo

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A pesar de ser una recién llegada al jardín, la mujer había juzgado a Xiren como persona tranquila y de buen carácter. Por eso le replicó:

—Usted me comprende, señorita, así que no se inmiscuya en nuestras cosas, que no le conciernen. Son ustedes quienes las miman. Métase en sus propios asuntos.

Dicho lo cual, se precipitó de nuevo tras Chunyan para golpearla, mientras Xiren, indignada, regresaba al patio. Sheyue, que estaba tendiendo sus pañuelos bajo el manzano silvestre, había oído la gresca.

—Olvídalo, hermana. ¿Qué puede hacer ella? —dijo, e hizo un guiño a Chunyan, que captando enseguida el sentido de su gesto echó a correr directamente hacia donde estaba Baoyu.

—¡Así ocurren los milagros! —declararon las doncellas.

Sheyue le pidió a la mujer:

—Cálmese. Háganos el favor de tranquilizarse.

Pero la madre He no quitaba los ojos de su hija, a la que vio llegar hasta donde estaba Baoyu, quien la tomó de la mano.

—No temas, yo te protegeré —le prometió él.

Con lágrimas en los ojos, Chunyan le contó lo que les había sucedido a ella y a Yinger. Eso exasperó todavía más a Baoyu, que gritó a la comadre:


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