Sueño en el pabellón rojo

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En ese momento volvió la pequeña sirvienta a informar:

—La señorita Pinger está ocupada en este momento. Cuando preguntó qué había sucedido y yo se lo conté, dijo: «Que la echen, y que le digan de mi parte a la señora Lin que le den cuarenta varazos en la puerta de servicio».

Cuando la madre He oyó esas palabras, quedó aterrada. La expulsión era lo último que deseaba. Con las mejillas surcadas de lágrimas, se decidió por fin a suplicar a Xiren y las demás:

—Para mí no ha sido fácil conseguir este trabajo. Soy una viuda solitaria que se esfuerza todo lo que puede por servir fielmente a sus señores y ahorrarle algunos gastos a mi familia. Si parto tendré que bregar por mi cuenta y pronto me veré en el dolor y la miseria.

Al ver el estado en el que se encontraba, Xiren cedió.

—Quieres quedarte aquí, pero no respetas las reglas, no obedeces a quien tienes que obedecer y andas dando palizas a diestro y siniestro —dijo—. ¿Cómo hemos podido contratar a alguien tan estúpido? Estas trifulcas interminables nos convierten en el hazmerreír de la gente.

—No le hagan caso —intervino Qingwen—. Échenla, eso es lo que hay que hacer. ¿Quién tiene tiempo para andar discutiendo con ella?


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