Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Xiangling se turbó y dijo:
—Gracias, hermana. Nunca pensé que esos duendes malignos me jugarían tan mala pasada.
Cuando desdobló la falda vio que era idéntica a la suya. Obligó a Baoyu a mirar hacia otro lado y, de espaldas a él, se quitó la suya y se puso la limpia.
—Dame la sucia para llevármela de vuelta —dijo Xiren—. Haré que la limpien y que te la devuelvan. Si te la llevas tú pueden verla y hacerte preguntas.
—Tómala y entrégala a una de las muchachas. Ahora que tengo ésta ya no la necesito.
—Muy generoso de tu parte —dijo Xiren.
Entonces Xiangling hizo una reverencia de agradecimiento, y Xiren partió con la falda deteriorada.
Xiangling advirtió que Baoyu estaba de cuclillas hurgando en el suelo con un palito para hacer un hueco en el que enterrar juntos la orquídea y el nenúfar. Primero cubrió el fondo del agujero con pétalos caídos, puso encima las flores, las cubrió con más pétalos y volvió a cubrirlo todo con tierra.
Xiangling le tomó la mano diciéndole:
—¿En qué piensa? Con razón dice la gente que anda siempre con argucias. Mire, tiene las manos sucias de barro. Vaya a lavárselas, pronto.