Sueño en el pabellón rojo

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Baoyu cogió a cada muchacha de una mano y las arrastró adentro. Sobre el kang de la pared del oeste encontró a Sheyue, Qiuwen, Bihen y Zixiao jugando a las tabas con pepitas de melón. Al parecer Fangguan había perdido ante Qingwen, y, huyendo de los golpes en las palmas de las manos que la pérdida en el juego acarreaba como castigo, había echado a correr. Al incorporarse para perseguirla, Qingwen había volcado todas sus tabas por el suelo.

Baoyu se echó a reír y les dijo:

—Ahora que los días son más largos he temido que os aburrierais durante mi ausencia y os fuerais a la cama después de comer, lo que os haría caer enfermas. Me alegro de que hayáis encontrado la manera de entreteneros.

Y como no había rastro de Xiren, preguntó:

—¿Dónde está vuestra hermana Xiren?

—¿Xiren? —intervino Qingwen—. Está volviéndose cada vez más confuciana, con sus meditaciones solitarias de cara a la pared[3] en el cuarto de adentro. No hemos entrado allí desde hace un buen rato y no sabemos qué hace. No ha hecho ruido. Entre rápidamente y vea si ya ha alcanzado la santidad.

Riéndose a carcajadas, Baoyu entró en el cuarto interior, donde vio a Xiren sentada sobre el diván, junto a la ventana, tejiendo una madeja de seda gris que tenía en la mano. Al verlo entrar se incorporó:


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