Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Yuanyang sólo había bromeado para que saliera. Pero como Siqi no tenía la conciencia limpia pensó que había sido descubierta con las manos en la masa, y temió que los gritos de Yuanyang alertaran a otras personas, lo cual hubiera sido aún peor. Como Yuanyang siempre la había tratado bien, mejor que las otras muchachas, salió corriendo de detrás de un árbol, la agarró del brazo y se puso de rodillas.
—Mi buena hermana —le suplicó—. Por favor, no hagas más ruido.
Perpleja por aquella extraña reacción, Yuanyang la hizo incorporarse para preguntarle:
—¿Por qué haces eso?
Siqi se turbó como un tomate y rompió a llorar. Entonces Yuanyang reparó en que la otra figura le había parecido la de un joven, y adivinó más o menos lo que había sucedido. También enrojeció, consternada, pero alcanzó a controlarse y preguntar en voz baja:
—¿Quién es él?
Siqi volvió a caer de rodillas.
—Mi primo —balbuceó.
Yuanyang escupió con disgusto.
—¿Cómo has podido…? Mereces la muerte.
Siqi se volvió y dijo en un silbido: