Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Siqi y su primo habían crecido juntos. Ya de niños, jugando, se juraban mutuamente que no se casarían con nadie más. Crecieron y llegaron a ser muchachos muy guapos, y cada vez que Siqi volvía a casa evocaban con sus miradas lo que antaño habían sentido el uno por el otro, aunque ya ninguno pudiera referirse a ello abiertamente. El caso es que, aprovechando la confusión que aquel día reinaba, acordaron por primera vez una cita. Nunca habían experimentado juntos los placeres del amor, pero en cambio sí que habían intercambiado votos secretos, abriéndose mutuamente los corazones. Al ser descubiertos por Yuanyang, el muchacho salió corriendo de entre los macizos de flores y los sauces, escabulléndose por la puerta lateral.
Siqi, arrepentida de su comportamiento, no pudo dormir aquella noche, y cuando al día siguiente vio a Yuanyang su rostro se mudó violentamente del rojo al blanco y del blanco al rojo. Se sentía agonizar de culpa e incomodidad, perdió el apetito y fue ganándola un permanente aturdimiento.
Pasaron dos días, pero nada de lo que temía ocurrió. Y ya empezaba a sentirse algo mejor cuando aquella noche llegó una de las matronas a decirle en tono de confidencia:
—Tu primo lleva tres o cuatro días sin aparecer. Están buscándolo por todas partes.