Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Hermana, desde que éramos niñas nos hemos llevado bien —sollozó Siqi cogiéndola del brazo—. Nunca me has tratado cómo a una extraña, y yo siempre te he respetado. Si ahora guardas en secreto mi desliz, serás para siempre como mi propia madre y te deberé cada dÃa de mi vida. Si mejoro erigiré un altar en tu honor, y allà quemaré incienso y te haré un homenaje diariamente para desearte buena fortuna y larga vida. Si muero, me convertiré en burro o en perro para retribuir tu bondad. «Por mucho que duren, siempre acaban los banquetes», dice el proverbio. En dos o tres años todas dejaremos este lugar. Pero también dice otro proverbio: «Si hasta las lentejas de agua pueden volver a encontrarse, con cuánta más razón los humanos». Si nosotras volvemos a encontrarnos, ¿cómo podré dejar de pagar tu bondad?
Todo aquello dijo entre lágrimas. Y Yuanyang, compadecida, la acompañó llorando.
—Muy bien —dijo haciendo con la cabeza un gesto de asentimiento—. Yo no estoy encargada de vosotras, ¿por qué dañar tu buen nombre mostrándome servil en vano? Además, no es conveniente que una muchacha como yo hable de esas cosas. No te preocupes. Cuando mejores debes comportarte más discretamente y no cometer estos errores.
Siqi se incorporó sobre la almohada y movió afirmativamente una y otra vez la cabeza; tras darle nueva seguridad, Yuanyang partió.