Sueño en el pabellón rojo

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Baochai les lanzó una mirada de advertencia, y las dos dejaron de abundar en el tema.

—¿Ha mejorado tu señora? —le preguntó entonces Tanchun a Pinger—. Su enfermedad ya le ha hecho perder sus habilidades. Ha dejado de ocuparse de todo y nosotras somos las que lo sufrimos.

—¿Qué quiere decir, señorita? —preguntó inmediatamente Pinger—. Dígame, ¿quién se ha atrevido a ofenderla?

Totalmente agitada, la esposa de Wang Zhu dio un paso adelante.

—Señorita, por favor, tome asiento y déjeme explicárselo.

—¿Quién eres tú para inmiscuirte cuando dos jóvenes damas hablan? —le replicó duramente Pinger—. Si tuvieras una pizca de modales, aguardarías afuera hasta que te llamaran. Es inaudito que las criadas del exterior entren en los cuartos de las jóvenes damas sin motivo alguno.

—Usted debería saber que aquí no tenemos modales —intervino Xiuju—. Aquí la gente irrumpe cada vez que le viene en gana.

—Eso es culpa vuestra —replicó Pinger—. Vuestra señorita tiene buen corazón, pero a vosotras os toca sacar de aquí a la gente y luego informar a Su Señoría.

Al advertir que Pinger tenía el rostro encendido de ira, la señora Wang optó por retirarse.


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