Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Tanchun volvió a su relato.
—Deja que te lo cuente: si cualquier otra persona me ofendiera, yo no armaría mayores escándalos. Pero aprovechando que Yingchun es tan dulce de carácter y el hecho de que una de ellas fue su nodriza, esta mujer y su suegra escamotearon sus objetos preciosos para que la vieja pudiera dedicarse al juego. Luego fraguaron unas cuentas falsas para que Yingchun las dejara en paz. Puro chantaje. La esposa de Wang Zhu acaba de tener una tremenda trifulca con estas dos doncellas en el dormitorio, y Yingchun no pudo controlarla. Y también resultó demasiado para mí; por eso te hice llamar. ¿Acaso esa mujer viene de otro planeta, que ignora todos nuestros principios? ¿O es que alguien la ha azuzado para someter primero a Yingchun, y luego a Xichun y a mí misma?
—¡Pero qué idea la suya, señorita! —declaró Pinger con una sonrisa—. ¿Cómo podría nuestra señora ser blanco de semejante acusación?
Tanchun sonrió cínicamente.
—Como dice el refrán: «Todos sufren por sus semejantes. Y cuando no hay labios, los dientes sienten el frío». ¿Cómo no voy a estar alarmada?
Pinger le preguntó a Yingchun:
—¿Cuál es su opinión, señorita? Estos asuntos tienen fácil solución, pero después de todo se trata de la nuera de su nodriza.