Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —Cuando no lo necesitamos, sobra; cuando lo necesitamos, no hay —exclamó la dama exasperada—. Una y otra vez os he pedido que os aseguréis de que las cosas vuelvan a su sitio después de haber sido utilizadas, pero nadie me escucha y se dejan al tuntún en cualquier parte. Ignoráis el valor del ginseng. Cuando lo necesitamos tenemos que pagar un ojo de la cara, y el que se trae de fuera puede no ser tan eficaz.
—Parece que éste es el único que hay —explicó Caiyun—: No hace mucho vino la dama Xing a pedir un poco, y usted le dio todo el que tenÃamos.
—Pamplinas. Id y traed lo mejor.
Caiyun regresó con unos cuantos paquetitos de hierbas.
—No sé lo que es —dijo—. Por favor, señora, véalo usted misma. No hay otra cosa —insistió.
La dama Wang abrió los paquetes pero no pudo recordar el nombre de nada de lo que contenÃan. Desde luego, nada era ginseng. Recurrió entonces a Xifeng, pero ésta en persona llegó a darle la respuesta: sólo tenÃa unas cuantas raicillas y un poco de crema de ginseng, pero no de la mejor calidad, y en cualquier caso necesitaba todo aquello para su medicina diaria. La dama Wang decidió pedÃrselo a la dama Xing, pero ésta le recordó que le habÃa pedido ginseng unos dÃas antes porque el suyo se habÃa agotado.