Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Baoyu no respondió, limitándose a partir con la cabeza hundida en el pecho hacia el refugio de Bambú, donde encontró a Daiyu leyendo inclinada sobre un escritorio. Se le acercó con una sonrisa.
—¿Hace mucho que has regresado?
—¿Para qué iba a permanecer allí si no me hacías caso? —le preguntó ella.
—Con tantas personas hablando a la vez no pude decir ni una palabra. Por eso no he hablado contigo.
Había estado mirando el libro de Daiyu, pero no pudo reconocer ningún carácter. Uno se parecía a «peonía», otro a «inmenso»; otro tenía un carácter «grande» al lado de un «nueve» con un gancho, y un «cinco» por dentro. Otro tenía arriba un «cinco» y un «seis» más un carácter «madera», y abajo otro «cinco». Todo le resultaba muy extraño. Perplejo, comentó:
—Prima, cada vez eres más erudita. ¡Eso que estás leyendo parece el Libro del Cielo[6]!
Daiyu se echó a reír.
—¡Vaya estudioso! ¿Nunca has visto una partitura para cítara?
—Claro que sí, ¿pero por qué no reconozco ninguno de los caracteres de ésta? ¿Tú los comprendes, prima?
—¿Los estaría leyendo si no los comprendiera?