Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Entonces será mejor no tocar. A pesar de ser un instrumento refinado, no me parece gran cosa. Nadie ha ganado nunca riqueza, nobleza o larga vida tañendo la cítara; sólo dolor y nostalgia. Además, para tocar hay que memorizar la partitura y eso supone un gran esfuerzo. Y como tú eres tan delicada, me parece que no deberías desperdiciar energías.

Daiyu se limitó a sonreír y no dijo nada.

Luego, él señaló una cítara que había colgada en la pared y preguntó:

—¿Es tuya? ¿Por qué es tan corta?

—Porque cuando aprendí a tocarla era tan pequeña que no alcanzaba el extremo del diapasón de las cítaras normales, y hubo que hacer ésta expresamente para mí. Aunque no está hecha con madera de dongón seca y quemada[8], puedes ver que la Montaña de la Grulla y la Gola de Fénix están bien ensambladas, y la proporción entre el Estanque del Dragón y las patas del Pato Silvestre es correcta[9]. Mira la veta de la madera, ¿no es fina como pelo de rabo de buey? Por eso tiene un timbre tan claro.

—¿Has escrito algún poema estos últimos días?

—Casi ninguno, desde la última reunión de nuestra academia.

Sonriendo, Baoyu dijo:


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