Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡No trates de ocultármelo! Te escuché entonar algo asà como: «Nadie puede cambiar esta ley. ¡Puro mi corazón, como la luna en el cielo!». Lo acompañaste con la cÃtara y el sonido parecÃa excepcionalmente claro. ¿Cómo puedes negarlo?
—¿Y cuándo pudiste tú escucharlo?
—El otro dÃa, al regresar de la cabaña de la Brisa de las Centinodias. Como no quise molestarte me quedé escuchando en silencio y luego me marché. Desde hace un tiempo querÃa preguntarte: ¿por qué empezaste con rimas llanas y al final cambiaste abruptamente a una rima oblicua?[10] ¿Por qué motivo hiciste eso?
—Es el sonido natural del corazón humano —contestó ella—. No hay reglas establecidas, se va tocando como sale.
—Conque ése es el motivo… Lástima que yo no comprendiera la música y te escuchara en vano[11].
—¿Cuánta gente que la comprenda ha habido desde las épocas remotas?
Aquella réplica hizo comprender a Baoyu su falta de tacto y temió haber herido los sentimientos de la muchacha. Allà se quedó, con mucho que decir pero sin saber expresarlo. También Daiyu sintió que su respuesta habÃa sido poco delicada y muy frÃa, asà que optó por permanecer callada. Eso, por cierto, terminó de convencer a Baoyu de que a ella le habÃa afectado mucho el asunto, por lo cual se levantó y, tÃmidamente, dijo: