Sueño en el pabellón rojo

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Como también querían situarse al margen de sospechas, Pinger se ofreció a ser la primera registrada. Luego se desnudaron las demás y Li Wan se dispuso a registrarlas una por una.

—¡Cuñada! —dijo Tanchun—. ¿Dónde has aprendido a conducirte de modo tan escandaloso? ¿Crees que si alguna fuera la ladrona lo llevaría encima? Además, puede que aquí este jade sea un tesoro, pero para la gente de fuera no tiene ningún valor. ¿Por qué habrían de robarlo? Estoy segura de que todo esto no es más que una travesura.

Cuando oyeron aquello y advirtieron la ausencia de Huan, que el día anterior había estado correteando por todo el lugar, empezaron a sospechar de él aunque nadie se atrevía a decirlo.

—Huan es él único que haría semejante trastada —siguió Tanchun—. Hay que enviar a alguien que lo convenza discretamente para que lo devuelva; luego, dadle un buen susto para que no abra la boca. Y asunto zanjado.

Las demás asintieron con un gesto de cabeza.

—Tú eres la única que puede hacerle decir la verdad —le dijo Li Wan a Pinger.

Ésta asintió y salió a toda prisa; poco después regresó con Jia Huan. Las demás pretendieron que nada ocurría y dijeron a las doncellas que sirvieran té en el cuarto interior. Luego se excusaron, dejándolo con Pinger.


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