Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Cada vez que Xue Ke estaba en la casa, Jingui se aplicaba colorete y se empolvaba la cara, delineaba sus cejas con gran esmero, se arreglaba el cabello y vestía de forma muy insinuante. Luego iba a la puerta de Ke, y caminaba arriba y abajo emitiendo de vez en cuando una tos intencionada. Y a pesar de saber sobradamente que él estaba en la estancia, insistía una y otra vez. Cuando sus caminos se cruzaban, ella clavaba sus ojos en los de él y le preguntaba coquetamente por su salud o el tiempo, entre risitas tontas y mohines descarados. Sus doncellas, avergonzadas, se escabullían al verla. Ella, indiferente a las formas, había tomado la decisión de llevar adelante el plan de Baochan. Xue Ke hacía lo posible por evitarla, pero cuando se encontraban no dejaba de dar muestras de cortesía, temeroso de que de otro modo ella diera rienda suelta a sus groserías e inconveniencias, poniéndolo en un brete. Y Jingui, con la mente oscurecida por la vanidad, se dejaba llevar por lujuriosas fantasías que le impedían calibrar la verdadera actitud del mozo. Sin embargo, sí advirtió la muchacha que Xue Ke dejaba sus cosas al cuidado de Xiangling y que era ella quien le lavaba y disponía la ropa; y que cuando los sorprendía charlando, se separaban de inmediato. Todo lo cual la ponía terriblemente celosa. Por no desahogar su furia con Xue Ke, hubiera querido hacerlo con Xiangling, pero como al mismo tiempo temía ofenderlo a él provocando abiertamente una pelea con ella, tuvo que ocultar su enojo.


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