Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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Cierto día apareció Baochan con una sonrisa de oreja a oreja.

—Señora, ¿ha visto al señor Ke? —le preguntó.

—No —respondió Jingui.

—Ya le decía yo que no creyera en esa pose de rectitud y seriedad que mantiene —se rió Baochan—. ¿Recuerda aquella vez que le enviamos vino y se negó a aceptarlo con la excusa de que él no bebía? Pues ahora lo acabo de ver en los aposentos de la señora con el rostro enrojecido por el alcohol. Si no me cree espere a que salga por la puerta del patio. Allí podrá salirle al paso, a ver qué dice.

—Tardará un buen rato en salir; y además, ¿para qué voy a preguntárselo, si es un ingrato? —repuso Jingui, despechada por aquella situación.

—No es así como debe mirar las cosas, señora. Si su actitud hacia nosotras es buena, que también lo sea la nuestra. Si no, habrá que hacer otros planes.

Jingui se dejó convencer y despachó a la doncella para que montara guardia hasta que él saliera, mientras ella, tras abrir las portezuelas de su pequeño armario de aseo, se miraba y remiraba en el espejo y se pintaba los labios. Eligió un pañuelo de seda decorado con flores y acto seguido dejó el cuarto un poco inquieta, como si se hubiera olvidado de algo.

Afuera escuchó a Baochan que decía:


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