Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—¡Pamplinas! ¿Acaso quieres que la abandonemos a su suerte?

—No quise decir eso, señor. El otro día, cuando mi venerable madre fue a la mansión del Oeste regresó atajando por el jardín de la Vista Sublime. Al llegar cayó presa de esta extraña fiebre, de modo que muy bien puede haber ocurrido que algún espíritu le haya hecho daño. Casualmente está en la ciudad un tal Mao Banxian[2], procedente del sur. Dicen de él que hace unas adivinaciones sorprendentes con los hexagramas. ¿Por qué no le hacemos venir? Si sus palabras nos merecen crédito seguiremos sus consejos; si no nos parecen de utilidad, buscaremos otros médicos.

Jia Zhen llamó inmediatamente a aquel adivino tan renombrado. Cuando llegó, le ofrecieron asiento y le sirvieron té en el gabinete.

—Señor —dijo el vidente a Jia Rong—, ¿puede decirme a qué debo el honor de su invitación?

—Mi madre está enferma. Nos gustaría que interpretara uno de sus hexagramas.

—En tal caso —dijo Mao Banxian—, tráiganme agua limpia para lavarme las manos y preparen incienso. Veré qué puedo hacer.

Una vez que los criados hubieron cumplido sus instrucciones, se sacó del pecho un bote de bambú y, dando un paso adelante, se postró.

Entonces sostuvo el bote con las dos manos y salmodió:


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