Sueño en el pabellón rojo

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—Desde que tu segundo tío ocupó ese cargo en provincias no ha dejado de gastar considerables sumas de los fondos familiares sin reponer un solo centavo. Y además, mira a tu alrededor: hacía cuatro días, como quien dice, que el señor se había hecho cargo de sus responsabilidades en la provincia, cuando ya estaban engalanándose con abalorios de oro y plata las esposas de los criados y ayudantes que lo acompañaron. Es obvio que han estado llenándose los bolsillos a expensas del señor, y él se lo ha permitido. De seguir así habrían acabado despojándolo no sólo de sus cargos oficiales, sino también de los títulos heredados de nuestros ancestros.

—Tiene razón, señora. Cuando oí que lo habían denunciado ante el trono me llevé el susto más grande de mi vida. Estoy mucho más tranquilo desde que el ministerio lo ha llamado de nuevo a la capital. Ahora cabe esperar que pase los años que le quedan de vida disfrutando de la tranquilidad de un funcionario metropolitano, y dedicado a conservar la buena reputación que su virtud y sus méritos le han reportado. Y la Anciana Dama tampoco sufrirá tanto cuando se entere del regreso de su hijo, sobre todo si es usted quien le explica las razones de su retornó.

—Sé lo que decirle, pero tú debes seguir trayéndome noticias.


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