Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¡Ojalá hubiera sido así! Durante estos últimos meses hemos tenido que soportar sus escenas diariamente: se paseaba por toda la casa descalza y con los cabellos revueltos como una loca. Aunque la noticia de la condena a muerte de Pan le arrancó algunas lágrimas, pronto volvió a maquillarse con polvos y colorete. Si yo le hubiera llamado la atención, ella habría montado un enorme escándalo, así que la ignoré hasta que cierto día, por algún motivo, vino a solicitar que Xiangling le sirviese de compañía. Yo le dije: «Si ya tienes a Baochan, ¿para qué quieres a Xiangling? A ti no te gusta esa muchacha, y su presencia acabará incomodándote». Pero insistió tanto que tuve que ordenarle a Xiangling que se fuera a vivir con ella. La pobre no se atrevió a desobedecerme, a pesar de su mal estado de salud. Me sorprendió gratamente descubrir que Jingui la trataba muy bien, pero cuando Baochai se enteró dijo: «Tengo la impresión de que Jingui está tramando algo», aunque la verdad es que yo entonces no le hice caso. Hace unos cuantos días Xiangling cayó enferma y Jingui en persona le preparó una sopa, con tan mala fortuna que cuando Jingui se la llevó rompió el tazón y se quemó una mano. Lo normal habría sido que culpase a Xiangling, pero en lugar de perder la calma barrió los añicos y fregó el suelo sin una queja, y después siguieron manteniendo buenas relaciones. Anoche pidió a Baochan que hiciera dos tazones de sopa para tomar con Xiangling. Después de un rato escuché en su cuarto el ruido de unos pies arrastrándose, los gritos enloquecidos de Baochan, luego los de Xiangling, que salió tambaleándose del cuarto y, apoyada contra la pared, empezó a pedir auxilio. Acudí inmediatamente y encontré a Jingui revolcándose en el suelo. De la nariz y los ojos le manaban hilillos de sangre, y se arañaba el pecho con las dos manos y pataleaba con desesperación. ¡Me llevé un susto de muerte! Cuando le pregunté qué le sucedía intentó responderme, pero en ese momento expiró. Su aspecto era el de quien hubiera tomado veneno. Entonces Baochan se lanzó entre sollozos contra Xiangling, acusándola de haber envenenado a su señora. No creo que ella hiciera algo semejante. Y además, ¿cómo iba a hacerlo si estaba confinada en su lecho? Pero Baochan insistió en que la culpable era ella. ¿Qué podía hacer yo en ese momento? Hube de endurecer mi corazón y decir a las matronas que atasen a Xiangling y la dejaran bajo la vigilancia de Baochan. Luego las encerramos en el cuarto, y yo he pasado la noche con su prima Baoqin esperando que ustedes abrieran la puerta para hacerles llegar la noticia del desastre. Usted es hombre sensato, Lian. Díganos cómo podemos solucionar este.