Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Yucun era de mente ágil. La mención a la «calabaza», al «jade» y al «alfiler» le recordó inmediatamente a Zhen Shiyin, y al mirar más detenidamente lo reconoció en aquel extraño taoísta.
—¿No es usted el viejo señor Zhen? —preguntó, haciendo a sus ayudantes una señal para que se retirasen.
Con una leve sonrisa el taoísta respondió:
—¿Qué es verdad?, ¿qué, falso? Deberías saber que lo verdadero es falso, que lo falso es verdadero[3].
Al escuchar la palabra «Jia», Yucun confirmó su conjetura. Volvió a hacer una reverencia y dijo:
—Usted fue generoso con este discípulo suyo y llegué a la capital, tuve la suerte de aprobar el examen y fui asignado a su honorable distrito. Sólo entonces me enteré de que usted, venerable señor, había dejado este polvoriento mundo y había entrado en el reino de los inmortales. A pesar de todos mis esfuerzos por saber de usted, temí que un funcionario vulgar y mundano como yo no volviera a encontrarse en su santa presencia. ¡Este encuentro me llena de júbilo! Le suplico, venerable señor, que instruya a este ignorante. Si no me desprecia, mi casa en la capital se encuentra a su disposición y sería para mí un honor poder atenderlo allí, y recibir día y noche sus lecciones.
El taoísta se levantó para devolver la reverencia y respondió: