Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Ya dije que no debía permitirse la entrada de «tres monjas y seis viejas»[1]. En la mansión de mis antiguos amos de la familia Zhen nunca se les hubiera permitido cruzar el umbral; sin embargo, aquí todo da igual. Ayer, cuando el cortejo fúnebre de la Anciana Dama había salido, la monja aquella insistió en visitar nuestra casa. Yo quise impedírselo a gritos, y las viejas que guardaban la puerta lateral se metieron conmigo implorándole a la monja, de mil y una maneras, que entrara. Aquella puerta se abría y se cerraba sin razón alguna. Eso me preocupaba mucho y no pude pegar ojo. Luego, cuando llegó la cuarta vigilia, oí gritos. Llamé a la puerta, pero nadie abrió. Al darme cuenta de que la situación era grave la abrí a golpes. Vi a un hombre en el patio del oeste, me fui hacia él y lo molí a palos. Me acabo de enterar de que se trata del aposento de la cuarta señorita. Aquella monja se encontraba precisamente en el cuarto, y se escabulló antes de que amaneciera. Seguro que ha sido ella quien ha traído a los ladrones.

—¿Quién es ese maleducado? —dijeron Pinger y las demás—. ¿Cómo se atreve a gritar fuera, profiriendo tantas tonterías estando aquí la señorita y la señora?

Xifeng dijo:

—¿No os habéis dado cuenta de que se refería a la mansión Zhen? Sin lugar a dudas se trata de aquel incordio que nos recomendó la familia Zhen.


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