Sueño en el pabellón rojo

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Xichun había oído claramente las impertinencias y se sintió aún más incómoda. Xifeng le preguntó enseguida:

—Aquel hombre se ha referido a una monja, ¿de dónde habéis sacado una monja, y cómo habéis podido dejar que se quedara?

Xichun le contó la visita de Miaoyu y cómo se quedó aquella noche jugando con ella al weiqi.

—Es imposible que haya tramado algo así, no tiene sentido. Pero si ése se pone a darle a la lengua por todas partes, no sería bueno que llegara a oídos del señor —comentó Xifeng.

Xichun, cuanto más pensaba en lo ocurrido, más nerviosa se sentía, y se puso en pie con la firme intención de irse. Xifeng, aunque tampoco pudiera aguantar más, no permitió que se fuera, pues no quería, al verla tan temerosa, que cometiera alguna tontería.

—No podemos irnos hasta que no se haya recogido todo lo que han dejado tías de sí los ladrones, y decidamos quién se queda vigilando esto.

—No se puede recoger nada —dijo Pinger— hasta que acudan los enviados del tribunal. Lo único que podemos hacer es vigilar. Además, no sé si alguien ha ido a informar al señor.

—Manda a alguna criada para que lo averigüe —le dijo Xifeng.

Un rato más tarde, la criada entró y dijo:


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