Sueño en el pabellón rojo

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—Yo no puedo encargarme de todo, prima —le dijo Jia Zhen a Xifeng—. Suplico tu ayuda; te expreso mi gratitud ahora y volveré a expresártela adecuadamente cuando todo esto haya terminado y pueda ir a visitarte.

Y diciendo esto hizo una profunda reverencia. Antes de que ella pudiera contestar, Zhen se sacó de la manga la tarja de la mansión Ning y pidió a Baoyu que se la entregara.

—Prima, tendrás manos libres —le prometió—. Sólo con enseñar la tarja obtendrás lo que quieras sin necesidad de consultarme. Sólo te pido dos cosas: que no trates de ahorrarme gastos, porque deseo que las cosas salgan bien, y que trates a los sirvientes de mi casa como a los tuyos propios sin temor a que se puedan soliviantar. Fuera de estas dos advertencias, nada me preocupa.

Xifeng no se atrevía a tomar la tarja que le ofrecía Baoyu, y miró a la dama Wang.

—Haz lo que dice tu primo —concedió la dama finalmente—, pero no asumas demasiadas responsabilidades. Si hubiera que tomar decisiones, consulta siempre con él y con tu cuñada.

Finalmente, Baoyu obligó a Xifeng a tomar la tarja.

—¿Prefieres quedarte en mi casa o venir cada día? —le preguntó Jia Zhen—. Venir diariamente puede resultar cansado. Sería más cómodo para ti que mandara arreglarte unos aposentos.


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