Sueño en el pabellón rojo

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Y sin decir «con el permiso de usted» lo despojaron de su bolsa perfumada, su estuche de abanico y otros adornos que llevaba colgando del cinturón.

—¡Ahora lo acompañaremos de regreso! —gritaron.

Uno de los pajes se lo echó a las espaldas y los demás, en tropel, sirvieron de escolta. Así llegaron a los patios exteriores del recinto de la Anciana Dama.

Como, en efecto, la anciana había enviado varias veces a preguntar cómo le iba a su nieto en el paseo por el jardín, su entrada le complació mucho; el muchacho volvía fortalecido por la experiencia.

Al ofrecerle el té, Xiren notó que no le quedaba ni uno de los colgantes de su cinturón.

—Así que esos truhanes lo han vuelto a desplumar… —comentó con una sonrisa.

Daiyu se acercó a comprobar la observación de Xiren. Y por cierto, a Baoyu no le quedaba nada.

—¡Y también les has dado la bolsa que te regalé! —exclamó—. ¡Puedes estar seguro de que no volverás a recibir otra cosa de mis manos!

Dicho lo cual regresó airada a su cuarto, cogió unas tijeras y, furiosa, se puso a cortar en tiras una bolsita de polvo perfumado que Baoyu le había pedido que confeccionase para él.


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