Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Al verla tan furiosa, Baoyu comprendió que algo andaba mal y corrió tras ella. Demasiado tarde. A pesar de que la bolsita no estaba aún terminada, el finísimo bordado que lucía era un fiel testimonio del trabajo de la muchacha; por eso a Baoyu le molestó verlo destruido sin motivo alguno. Abriéndose el cuello del vestido extrajo una bolsita que llevaba colgando de su túnica roja.
—¿Y esto qué es? —preguntó, mostrándosela a Daiyu—. ¿Cuándo le he dado yo algo tuyo a otra persona?
Cuando Daiyu comprendió que él apreciaba tanto su regalo que lo mantenía a buen recaudo, se arrepintió de su precipitación y agachó la cabeza sin decir nada.
—¡No tenías por qué haberlo hecho trizas! —le reprochó Baoyu—. Puesto que ahora sé que no te gusta darme nada, ahí tienes también esto.
Y le lanzó la bolsa sobre el regazo.
Ahogándose de rabia, Daiyu se echó a llorar. Tomó la bolsita y blandió las tijeras con la intención de reducirla también a tiras, pero Baoyu, que ya se había dado la vuelta para irse, se abalanzó sobre ella diciéndole:
—¡No, prima, primita, no hagas lo mismo con ésta!
Ella dejó las tijeras para enjugarse las lágrimas y le dijo:
—¿Por qué te comportas así conmigo, amable un momento y cruel al siguiente? Déjame en paz. No puedes tratarme de esta manera.