Sueño en el pabellón rojo

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Y se echó llorando sobre su cama, con el rostro vuelto hada la pared, tratando de secar sus ojos anegados. Pero no podía resistir las disculpas de Baoyu, que la llamaba una y otra vez «prima, primita, primita mía».

Mientras tanto, la Anciana Dama había estado preguntando por el paradero de Baoyu, y al enterarse de que estaba con Daiyu dijo:

—Bien. Que se diviertan juntos un rato. Después de haber pasado tanto tiempo bajo la mirada vigilante de su padre necesita un poco de tranquilidad. Pero cuidad que no riñan. No debéis excitarlo.

Como no podía librarse de Baoyu, Daiyu se incorporó.

—Ya que te niegas a dejarme tranquila, me voy —declaró.

Cuando se disponía a salir, él le dijo sonriente:

—A donde vayas, iré contigo. —Y mientras hablaba se colgó la bolsita de nuevo.

Daiyu intentó quitárselo de encima refunfuñando.

—Primero dices que no la quieres, y ahora te la vuelves a guardar. Me avergüenzas —dijo con una risita.

—Primita, hazme otra bolsa mañana.

—Ya veremos.


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