Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Al reconocer la voz de Baoyu, Jia Yun se apresuró a entrar. El fulgor del oro y de las esmeraldas, así como la elegancia del mobiliario, lo deslumbraron. Pero no vio a Baoyu. Al volverse hacia la izquierda vio a dos muchachas de unos quince años, de altura y apariencia similares, que saliendo de detrás de un gran espejo lo invitaron a pasar al aposento interior. Haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza, pero sin atreverse a mirarlas, Yun entró en un cuarto con bishachu. Sobre una pequeña cama con incrustaciones de laca y un dosel rojo con bordados de oro estaba Baoyu, vestido informalmente y calzado con unas pantuflas. Al ver al visitante arrojó a un lado el libro que tenía entre las manos y se incorporó sonriente. Jia Yun se adelantó e hincó una rodilla. Le fue ofrecida una silla frente a su anfitrión.
—Aquel día te invité a mi estudio, pero durante estos meses han ocurrido tantas cosas que lo olvidé —dijo Baoyu.
—Ésa fue mi desgracia —contestó Jia Yun con una sonrisa—. Y luego cayó enfermo, tío. ¿Ya se ha recuperado por completo?
—Sí, gracias. Me han dicho que todos estos días de trabajo té han dejado bastante agotado.
—Así debe ser. Su mejoría ha sido una bendición para toda la familia, tío.