Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo Daiyu no estaba realmente enferma; sólo afectada por el calor. Cuando supo que Baoyu no asistiría pensó: «Su debilidad son los banquetes y las óperas. Si hoy no asiste es porque todavía está enojado con el asunto de ayer, o porque sabe que yo no iré. Nunca debí cortar el cordón de su jade. Estoy segura de que no volverá a usarlo a menos que le haga otro». También ella se sentía culpable.
La Anciana Dama había alimentado la esperanza de que sus ánimos mejorasen y ambos muchachos se reconciliaran mirando juntos las óperas. Por eso, cuando se enteró de sus negativas, se enfureció.
—¿Qué pecados habré cometido en una vida anterior para tener que sufrir a unos niños tan difíciles? —se lamentó—. No pasa un día sin que surja una nueva preocupación. Cuánta razón encierra aquel proverbio: «Si no se enfrentan, no se unen». Cuando haya cerrado los ojos y exhalado el último suspiro, que peleen todo lo que quieran: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero todavía no estoy en ese trance.
Y se echó a llorar, desconsolada.