Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—Me alegra que hayas venido —le dijo Baoyu—. Olvidé hacerlo, pero tenía la intención de visitar a la tercera hermana. ¿Ya se encuentra mejor?

—Sí, hoy mismo ha dejado de tomar su medicina —respondió Cuimo—. Sólo era un resfriado.

Entonces Baoyu desdobló la carta y leyó:

Tanchun saluda a su segundo hermano.

La otra noche, después de la lluvia, la luna estaba diáfana; se hubiera dicho que el agua recién caída le había lavado la cara. Me pareció una rara oportunidad para disfrutar de su luz y estuve paseando entre los árboles hasta la mediano che. El rocío me produjo un enfriamiento. Ayer te tomaste la molestia de venir personalmente a darme ánimos, y luego enviaste doncellas con lichis frescos y caligrafías dé Yan Zhenqing[1]. Tu amable preocupación me conmovió intensamente.

Hoy, mientras reposaba tranquilamente, se me ocurrió que los antiguos, incluso cuando perseguían la fama y se afanaban para obtener ganancias, mantenían una pequeña colina o un leve arroyo donde poder retirarse y, con unos cuantos amigos, amenizar sus copas organizando reuniones poéticas o foros literarios. La fama de esos improvisados encuentros ha sobrevivido a los siglos.


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