La Charca

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—No; porque no se les ha formado el cuerpo… Y para probar a usted la firmeza de este parecer, le diré que aquí las supersticiones dominan tanto como los vicios. Y, al cabo, ¿qué son las supersticiones más que productos morbosos? Desengáñese, mi querido Pater, las causas de este gran infortunio se remontan a lejanos orígenes. Imagine usted un elemento étnico venido a la colonia en días de conquista para sufrir una difícil adaptación a la zona cálida. Aquel elemento inicial no pudo prosperar físicamente: las luchas, los recelos, las campadas a la descubierta, las influencias del nuevo suelo, la dureza del nuevo clima, la diversidad alimenticia…; todo, en fin, desecó aquellas corrientes de vida, empobreciendo la generación trashumante y deprimiendo la estirpe. Después vinieron los cruces. ¡Cuánta mezcla! ¡Qué variedad de círculos tangentes! Un cruce caucásico y aborigen determinó la población de estas selvas. También la hembra del conquistador engendró en la nueva zona a los hijos del recién llegado; pero éstos fueron los menos, porque la hembra europea tardó en venir al paraíso encontrado en los mares. La hembra aborigen fue el pasto; su gentileza bravía, el único manjar genésico, el único fecundo claustro en donde se formó la nueva generación. Esa mezcla fue prolífica, ¡pero a qué precio! El tipo brioso de la selva cedió energía física; el tipo gallardo y lozano que pisó el lampo de occidente cedió robustez y pujanza. De esta suerte, el compuesto nacido, el tipo derivado, resultó físicamente inferior; organización deprimida, que había de ser abandonada al discurrir de los siglos. La raza aborigen fue débil ante el choque y sucumbió, borrándose para siempre del haz de la tierra. Su prole, el tipo hijo de la mezcla, fue engendrado en la desgracia, en el recelo, bajo la sugestión del miedo, en el amplio tálamo de los bosques, bajo la imposición del más fuerte. La hembra fue máquina. El amor, hijo del ensueño, humareda del sentimiento, armonía del espíritu, no tomó parte en la impregnación. Fue un ser caído bajo el ardor epiléptico de otro, en medio de la grandeza de un suelo lleno de esplendores, en la umbría lujuriosa de las selvas, bajo el galvanismo de un sol ardiente. Y allí, de esa caída, se levantó la nueva estirpe; la congénere de la que debía poblar el Canaam del siglo XV, la región más hermosa de la tierra. Después, el tiempo hizo lo demás. Nuevas tangencias de vida continuaron la labor. La marmita generadora continuó produciendo nuevas capas, cada vez menos fuertes, cada vez más deprimidas, cada vez más semejantes a la originaria. ¡Horrible corriente, que va fatalmente a la muerte! ¡Caudal de vida condenado a extinguirse bajo la depresión constante que fermenta en los organismos!


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