El dinero
El dinero Y sonrió, porque entonces lo encontró algo inocente. Había nacido para dar vida a lo que de ella carecía y no para aliviar las heridas que la vida causaba. Al fin, iba a encontrar el puesto que le correspondía, en plena batalla de los intereses, en aquella carrera al albur, que siempre fue la marcha de la propia humanidad, siglo tras siglo, en busca de más satisfacciones y más luz.
Aquel mismo día, encontró sola a Carolina en el gabinete de los planos. Estaba de pie ante una de las ventanas, atenta a la aparición de la condesa y su hija en el jardín, a una hora desacostumbrada. Las dos damas leían una carta que parecía entristecerlas; era sin duda una carta del hijo, Fernando, cuya situación en Roma no debía ser muy brillante.
—Mire —dijo la joven, advirtiendo la presencia de Saccard—. Algún otro pesar para esas desdichadas. La pobreza en la calle me da menos compasión.
—¡Bah! —respondió él alegremente—. Ruéguelas que vengan a verme. Las enriqueceremos también, puesto que hemos de hacer la fortuna de todo el mundo.
Y embriagado por la dicha, buscó los labios de la joven, para besarla. Pero ella, con un brusco movimiento, apartó la cabeza, grave y pálida por una involuntaria inquietud.
—No, se lo ruego.